Empecé este blog hablando de “natural” y de productos naturales, y ya entonces asomaba una pregunta importante:
¿Podemos creérnoslo cuando nos lo dicen?
Yo, durante años, no leía etiquetas. Luego me fui al extremo contrario —especialmente cuando fui madre—: empecé a demonizar las “E” y, a nada que viera una en una etiqueta, ese producto no entraba en casa.
Hoy estoy en otro punto.
Intento que la base de mi alimentación sea natural, y en eso Barrutia 12 me ha ayudado mucho. Pero también comprendo mejor qué son los aditivos alimentarios y sé que el mundo real no es blanco o negro.
La clave, muchas veces, no está solo en el qué. También está en el cuánto, en el para qué y en la frecuencia.
Así que en este artículo quiero poner un poco de orden y un poco de objetividad. No pretendo venderte una postura cerrada. Solo darte información para entender mejor el tema. Lo demás, como siempre, lo dejaré en tus manos.
Qué es un aditivo alimentario y por qué existe
Un aditivo alimentario es una sustancia que no se consume normalmente como alimento en sí mismo, sino que se añade intencionadamente para conseguir un efecto concreto en el alimento.
Por ejemplo:
- conservar mejor,
- evitar o retrasar la oxidación,
- estabilizar una mezcla,
- dar o mantener color,
- modificar textura,
- o hacer que el producto se comporte siempre de una forma parecida.
Y aquí un matiz importante, porque el debate público lo mezcla todo: no todos los aditivos son sintéticos. Muchos sí lo son, pero también hay aditivos de origen natural que han sido aislados o concentrados para cumplir una función tecnológica. Un ejemplo de estos últimos es el ácido ascórbico (vitamina C), que está presente de forma natural en muchas frutas. Aun así, el que se utiliza como aditivo alimentario suele producirse industrialmente a partir de glucosa mediante procesos químicos y/o fermentativos.
Por contraste, y como ya dejaba caer en el párrafo anterior, existen ingredientes de cocina que consiguen ciertas funciones por sí mismos, sin necesidad de aislar químicamente compuestos concretos. El zumo de limón (gracias a su ácido ascórbico) puede actuar como antioxidante, la sal y el vinagre ayudan a conservar, y ciertas especias tienen efecto antimicrobiano.
Quien hace mermelada en casa lo sabe bien: muchas veces se añade limón por algo más que por sabor. ¿Verdad?
Entonces… ¿qué significa una “E”?
Cuando ves una E seguida de un número, normalmente estás viendo un sistema de identificación.
Esa “E” indica que se trata de un aditivo autorizado en la Unión Europea tras haber sido evaluado, y que su uso está regulado.
Es decir: no hay barra libre.
Los aditivos en Europa se autorizan con condiciones concretas: para determinados usos, en determinados alimentos y dentro de determinados límites. En el fondo, casi todo gira en torno a dosis y exposición.
Por eso existe la IDA —o ADI, en inglés—, la Ingesta Diaria Admisible. Es una estimación de la cantidad de una sustancia que puede consumirse cada día, durante toda la vida, sin presentar un riesgo apreciable para la salud.
En la Unión Europea, la EFSA es el organismo que evalúa la seguridad de los aditivos y revisa si la exposición estimada se mantiene dentro de los márgenes considerados seguros, de la IDA.
¿Y por qué esto importa? De esto viene precisamente mi reflexión al inicio del artículo:
El tema no es solo qué es.
Es cuánto.
Y con qué frecuencia.
Una “E” en un producto puntual no es lo mismo que una alimentación basada casi a diario sobre productos que acumulan muchos aditivos.
Aclarado esto, ¿están todos los aditivos alimentarios igual de claros?
No.
Y aquí también conviene huir tanto del alarmismo como de la ingenuidad.
Hay aditivos con décadas de uso y ampliamente aceptados en las condiciones autorizadas. Hay otros que siguen siendo objeto de discusión, revisión o más investigación (te puede sonar haber visto los “nitritos” en entredicho). Y hay casos en los que, si aparecen dudas relevantes, el sistema corrige.
Un ejemplo bastante conocido es el del dióxido de titanio (E171), cuya autorización para uso en alimentos fue retirada en la Unión Europea.
A mí esto, más que tranquilizarme del todo, me ayuda a entender algo importante: el sistema no es estático. Revisa, actualiza y, cuando considera que no hay suficiente seguridad, puede cambiar de criterio.
Mi conclusión, esta vez sí, personal
Yo he pasado por tres fases.
Primero, no sabía lo que eran las “E” y no me importaban.
Después me fui al extremo opuesto: las demonizaba y quería una casa “cero E”.
Hoy miro todo esto con más criterio y bastante más calma.
Mantengo a diario una base de alimentación lo más natural posible. Y precisamente por eso, cuando salimos por ahí y mi familia come cosas que seguramente contienen algún aditivo, no me preocupa demasiado. Sé que va a ser algo puntual. No hay estrés, no hay angustia: no pasa nada por un día.
Y entre nosotros, no sabéis cuánto agradeció esto mi madre: ya podía darles “cosas ricas” a sus nietos de vez en cuando.
Elegir más natural implica compromiso
El contexto importa.
La frecuencia importa.
Y el conjunto de la alimentación también importa.
Ahora bien, aquí hay una verdad que me parece honesto decir: elegir productos más naturales implica compromiso. El nuestro y el vuestro.
Si eliges productos sin ayudas tecnológicas, entran en juego otras cosas:
- contar siempre con materia prima siempre fresca y en perfecto estado,
- la cadena de frío de principio a fin,
- el tiempo y vida útil,
- la higiene,
- la conservación y manipulación.
Necesitas tener seguridad en que tu tienda de confianza está respetando a pies juntillas estas premisas. Y luego, tienes que respetarlas tú en casa. Sí, tú también formas una parte importante del proceso. Pero tranqui, seguiremos trabajando esta idea con más información, consejos y recomendaciones más adelante.
Y ahora que ya hemos puesto un poco de orden con las famosas “E”, toca separar dos conceptos que mucha gente mezcla:
¿Un alimento con aditivos es automáticamente un ultraprocesado?
Spoiler: no.
Y entender esa diferencia te cambia la forma de comprar.
Hasta el próximo artículo,


