Después de toda la teoría que hemos visto en los artículos anteriores —qué entendemos por natural, qué son los aditivos y qué significa realmente ultraprocesados—, me apetecía aterrizarlo en algo más práctico: ver unas pautas muy sencillas sobre cómo leer etiquetas de alimentos sin volverse loco.
La intención, créeme, no es comprar “perfecto”. Es comprar con mayor criterio que antes, con más conocimiento y conciencia de lo que estás metiendo en la cesta.
En este artículo quiero compartir la forma en la que yo leo las etiquetas: qué miro primero, en qué me fijo después y cómo intento valorarlo con calma.
Para leer una etiqueta de alimentos con criterio, yo me fijo sobre todo en tres cosas: primero, la denominación del producto; después, la lista de ingredientes y su orden; y por último, los aditivos o ingredientes que no encajan demasiado con una receta de cocina normal.
Paso 1: empieza por el nombre del producto, no por el marketing
Antes de mirar la lista de ingredientes, yo miro la denominación del alimento: cómo se llama legalmente ese producto.
Y esto es importante porque el nombre, muchas veces, ya te está dando pistas a tener en cuenta.
Utilizaré el jamón cocido como ejemplo, y con él entenderás mejor lo que te estoy contando.
No es lo mismo “jamón cocido” que “fiambre de jamón”. No son dos formas de llamar a lo mismo. Suelen ser categorías distintas, con composiciones distintas.
El jamón cocido se elabora a partir de una pieza reconocible del cerdo: la pierna trasera, el jamón precisamente. En cambio, un fiambre de jamón responde a una composición distinta y suele incorporar otros ingredientes como agua, almidones, proteínas añadidas o aditivos.
Por eso, aunque a simple vista puedan parecer similares, a nivel de composición y nutrición no son exactamente el mismo producto. Seguramente dedique algún día un capítulo entero a nuestro querido jamón cocido, porque todavía daría para contar muchas cosas.
Ahora bien, ¿significa esto que el nombre te da una garantía absoluta de la composición de un producto?
No.
Simplemente te da pistas sobre en qué liga juega ese producto.
Muchas veces damos por hecho que, si un producto se llama de una determinada forma, necesariamente corresponde al 100% con lo que nosotros imaginamos que hay detrás. Y no siempre es así. De hecho, organismos públicos de control alimentario han recogido casos reales en los que la denominación utilizada podía inducir a error al consumidor.
Por eso, la etiqueta se entiende completa cuando el nombre y la composición encajan entre sí.
Paso 2: la lista de ingredientes es el corazón de la etiqueta
Aquí está la parte más útil de todas.
Si solo pudieras mirar una parte de la etiqueta, yo empezaría por la lista de ingredientes.
Los ingredientes aparecen en orden de cantidad, de más a menos. Es decir, lo que aparece primero es lo que más cantidad tiene el producto.
Si el segundo ingrediente es agua, almidón, azúcar o cualquier otro elemento que no esperabas encontrar tan arriba, eso ya te está contando algo.
Además, cuando el nombre del producto menciona un ingrediente concreto, normalmente debe indicarse también su porcentaje. Eso ayuda muchísimo a comparar productos aparentemente similares entre sí.
Cuando ese porcentaje aparece, puedes valorar si la carne es claramente el elemento principal o si comparte demasiado protagonismo con otros ingredientes de relleno.
Y es aquí donde yo me hago otra pregunta:
¿Son reconocibles los ingredientes?
No me refiero a conocerlos todos. Me refiero a:
¿Los entiendo?
¿Tienen sentido culinario?
¿Siguen una lógica reconocible?
¿O aparecen ingredientes que me hacen levantar la ceja?
Fíjate especialmente en:
- aditivos,
- refinados,
- jarabes y azúcares,
- ingredientes de relleno.
Truco fácil: pregúntate: “¿se parecería esto a una receta de Arguiñano?”.
Paso 3: cómo identificar aditivos en una etiqueta
Este punto también merece calma.
Los aditivos tienen que declararse, sí, pero no siempre aparecen como “E-…”.
A veces los verás con su número.
Otras veces, con su nombre completo.
Y muchas veces se presentan por su función: conservador, antioxidante, estabilizante, corrector de acidez…
Así que, como consejo práctico:
No busques solo “E-…”.
Lee también los nombres que no suenan a cocina tradicional.
Y si algo te hace dudar, pregúntate:
¿Para qué está esto aquí?
Si todavía tienes dudas sobre qué son los adtivios, en este artículo explicaba con más calma qué son los aditivos alimentarios y por qué existen.
Y si no hay etiqueta, debe haber transparencia
En mostrador no siempre tienes un envase delante con toda la información. Pero eso no convierte el producto en un misterio.
Tú puedes —y deberías— preguntar cosas tan básicas como:
- ¿Qué ingredientes lleva?
- ¿Lleva algún aditivo?
- ¿Tenéis la lista de ingredientes a disposición del cliente?
Y aquí me parece importante decir algo: cuando no hay etiqueta, la transparencia importa todavía más.
Porque muchas veces confiamos en el nombre que nos dicen de palabra, en cómo se presenta el producto o en lo que damos por hecho.
Y está bien partir de la confianza, pero también es razonable querer comprobar.
No para desconfiar de entrada.
Ni mucho menos para acusar a nadie.
Simplemente para comprar con más criterio.
En Barrutia 12, por ejemplo, tenemos un libro de ingredientes disponible en tienda y además publicamos los ingredientes en los productos de nuestra tienda online. No lo digo como medalla. Lo digo porque creo sinceramente que la transparencia da confianza.
Y la confianza, cuando eliges productos naturales, forma parte del trato.
Para interiorizarlo, te lo dejo a modo esquema:
- Empieza por la denominación: te da pistas.
- Lee ingredientes con calma: fíjate en el orden y en si la composición tiene sentido.
- No busques solo “E-…”: un aditivo puede aparecer por su nombre.
- Y si no hay etiqueta, pregunta sin miedo.
Al final, leer etiquetas de alimentos no consiste en memorizar nombres raros ni en comprar perfecto. Consiste en entender un poco mejor qué estás comprando: cómo se llama realmente el producto, qué ingredientes lleva, en qué orden aparecen y si hay algo que merece una segunda pregunta.
Hasta el próximo artículo,


